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Etiquetas: Columna, ABC

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Cantidades insípidas

Alejandro Gándara

03/11/2003

Supongo que estamos metidos de lleno en una onda ecléctica. Cada vez hay más de cualquier cosa, y ese más, si no mejor, nos hace sentirnos vivos en el sentido en que se siente viva una gaseosa con sus innumerables burbujas (de hecho, Álvarez Cascos habla mucho de burbujas). Cada vez hay más clases de yogur, más internautas, más coches, más inmigrantes, más robots de cocina, más basura, más riqueza, más planes inmobiliarios, más libros (España ha llegado a la cifra de 70.000 títulos al año)... También hay más sensibilidad a la cultura, a la globalización, a la guerra, al hambre, a Simancas, a la desigualdad, al paro -no mejor, ni más cultivada, solamente más. Imagino que el amor a las cantidades proviene de que es una metáfora extensa de la propia vida, cuyo sentido está siempre por ver, pero que apreciamos por acumulación de sucesos, de experiencias y, sobre todo, de pérdidas. Cuanto más se pierde más valor desprende la abundancia, de modo que podría deducirse que una civilización de producciones masivas es una civilización de sustracciones conscientes.

Hay más yogures porque se consumen menos que antes, más internautas porque hay menos ciudadanos, más coches porque hay menos ciudades habitables, más inmigrantes porque hay menos países ricos, más planes inmobiliarios porque hay menos suelo edificable, más libros porque se lee menos..., y más sensibilidad a la cultura y a los problemas sociales porque cada vez importan menos.

Como todo lo que es más significa menos y cada vez menos, la jerarquía entre las distintas cosas que abundan sólo puede ser establecida por la promoción, que es también una proliferación de las cantidades de información, estímulos y expectativas, con la misma tendencia a significado cero. Lo importante de la promoción, sin embargo, es que se consume por sí misma con independencia del objeto. De modo que se consume lo insípido, tanto en el objeto despojado de todo, como en la promoción que nace de lo despojado y que se despoja a sí misma.

Así que cuando compro un piso en San Chinarro por una suma altísima -una zona de Madrid que es una especie de Fort Apache al que cualquier día atacan los indios, rodeado de páramos-, lo que pago no lo pago por el sitio, sino por su elevada insipidez. Y cuando compro un libro, y llegado el remoto caso lo leo, lo que pago y lo que leo es  por su sensible y diestra insipidez.

Pero siguiendo con el argumento, no hay que confundir la insipidez con la nada, ya que la primera es el resultado de la abundancia y de la pérdida. Es, en resumen, el gusto de la indiferencia, que es muy distinto de la falta de gusto. Es el paladar saboreando lo que no hay con el placer de que no está, la nariz respirando aromas que no huelen y el cerebro imparable destilando pensamientos ausentes.

© 2008 Alejandro Gándara

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