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Que viene el chivo expiatorio

Alejandro Gándara

21/10/2003

La extrema derecha ha ganado en Suiza y, si uno se fija un poco, casi no es noticia. Desde luego no es una alarmante novedad tipo Heider en Austria, el que dio el chupinazo. Está el caso francés, donde hubo que echarse a la calle para que ganara Chirac (que en fin) ante Le Pen; el asesinato de Tim Fortuyn en Holanda mientras ascendía en los sondeos; y está Berlusconi en Italia con mando en plaza. Lo de Suiza no es, repitamos, una novedad, ni un caso aislado, ni excepción alguna respecto de ninguna pauta. Más bien parece lo contrario. O parece otra cosa.

El caso suizo -como el francés, el austríaco y el holandés- tiene arreada a la población con el asunto de los inmigrantes y la consecutiva xenofobia provocada por su sola mención. En ninguno de los casos acaba de saberse muy bien qué es lo que han hecho los inmigrantes, ni a qué viene eso, pero está claro que el asunto evoca un oscuro peligro que se cierne sobre la democrática sociedad occidental. Objetivamente, y que sepamos, los de fuera no producen más molestia que la de existir y, lógicamente, la de existir con arreglo a sus costumbres y creencias. La mayor parte de las veces, además, ni siquiera existen, sino que subsisten, motivo éste por el que deberían dejar de existir del todo, según proclama en el fondo de su alma la derecha xenófoba. Y esto que parece lo más loco es sin embargo lo que mejor se entiende, dado que las miserias -y la miseria- que uno ha producido corroen el corazón y molestan a la vista. A mayor disparate, esos que ahora nos molestan han sido demandados históricamente como mano de obra barata y para cubrir deficiencias del propio sistema, como son la baja natalidad y la obligación de proteger a los ciudadanos de pleno derecho con los derechos que marcan las constituciones de los países, a saber, el paro, la seguridad social, la educación o la vivienda. Ejemplo: un parado español jamás haría el trabajo de un magrebí en Murcia, por la sencilla razón de que tiene derecho al paro y porque tiene derecho a encontrar un empleo digno a través de los organismos competentes. Pues bien, para que esos derechos existan (y puedan pagarse) alguien tiene que hacer los trabajos sucios que no dan derecho a tener derechos.

En fin, por lerdo que uno sea, enseguida se da cuenta de que no se trata de esto. De lo que se trata es de ese oscuro peligro que acecha a las democracias occidentales y que tradicionalmente ha sido conjurado mediante el chivo expiatorio. Antes, los judíos y ahora los inmigrantes (pobres, se entiende). Pero de lo que se trata en realidad es de la propia corrupción de la democracia que, aparte de sus corrupciones, campa a sus anchas y pare monstruos con una regularidad sospechosa. Si hay movimientos totalitarios y si hay chivos expiatorios es porque la democracia está enferma, y los enfermos suelen tener dos salidas: o se curan o se mueren. En política no hay patologías crónicas.

© 2008 Alejandro Gándara

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