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El cigarrillo de la conciencia

Alejandro Gándara

29/9/2003

Demostrado que la ilegalización de la droga sólo ha conducido históricamente a su universalización social y a su desarrollo mercantil ( Ley seca, Leyes contra el opio, en las primeras décadas del siglo pasado), las administraciones de salud pública de los ciudadanos han descubierto recientemente lo que denominaremos punición moral. O sea, descubierto que lo que es malo para el cuerpo no puede erradicarse del comercio, se ha optado por que el consumidor se castigue a sí mismo de una manera íntima, mediante sistemáticas autoinculpaciones y horrores ante las miserias de su debilidad. Desde aquellas campañas de tráfico en que las vísceras de los accidentados saltaban del televisor a la bandeja de la pizza, hasta ésta que promete evidencias gráficas en las cajetillas de las patologías del tabaco, estamos asistiendo a un tránsito de la convencional ilegalización de la sustancia dañina hacia la deslegitimación del adicto. Mientras el producto continuará -con unas u otras máscaras y envoltorios- en los estantes que siempre ha venido ocupando, el consumidor adicto será arrojado a los márgenes de su conciencia, previa desautorización social de su comportamiento.

¿Acaso no busca todo ello una reducción del consumo y por tanto de los males? Ni por asomo. Las campañas de tráfico no han impedido el aumento continuado de los accidentes y el consumo de tabaco ha subido en lo que va de año un 16 por ciento. Una vez que aparezcan los pulmones calcinados y los primeros planos de los enfisemas yo calculo un repunte hasta el 200 por cien (tirando por lo bajo). La razón es muy sencilla: en una cultura de imagen y marca, todo lo que se añade a la imagen y a la marca, incluso toda novedad supresora, engrandece y amplía el horizonte de comunicación y de mercado del producto. Ya decían nuestros ancestros que la violencia engendra violencia, y nosotros ya estamos en condiciones de contestarles que la comunicación de mercado engendra mercado. Curiosamente, las campañas más agresivas que hemos conocido últimamente están referidas a los coches y al tabaco, que son productos y mueven sectores industriales de primera magnitud. Mientras que no hemos conocido ninguna campaña agresiva contra la servidumbre laboral, las ocho horas de trabajo diario o la necesidad de un compromiso general para solucionar la educación pública. Es decir, asuntos diferentes de la circulación de mercancías.

Hay que sospechar que no es el Estado quien dicta y diseña semejantes campañas, sino que están a cargo de los responsables del comercio global y a costa del tesoro público.  Ignoro si esto se hace bajo convenio o por dejadez de las autoridades, pero lo cierto es que sirve a fines muy distintos de los que pregonan entre charcos de sangre y esquelas mortuorias. Aparte del nuevo público que atraerán estas promociones morbosas y tentadoras, los viejos adictos, autoinculpados y deslegitimados, serán más adictos. Negocio redondo.

© 2008 Alejandro Gándara

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