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Etiquetas: Columna, ABC

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Los cascos de la memoria

Alejandro Gándara

31/7/2003

A estas alturas ya sabemos todos mucho de teoría política y de sus consecuencias prácticas. De ahí que cuando surge el misterio, sea un misterio por partida doble. Misterio por saber tan poco después de tanto y misterio en el sentido estricto de la palabra, por imposibilidad de saber. Algo así como una crisis mística. Es la que a mí me da cuando pienso en el ministro Álvarez Cascos, al que vengo dándole vueltas desde hace mucho sin llegar a nada. De pequeño me pasó con la raíz cuadrada (a la que aún no he encontrado aplicación) y con una vecinita de seis años que se quería casar conmigo, pero que se negaba a informar de su patrimonio. Bien, pues la última del señor Cascos me ha dejado más ensimismado de lo que me tenía, pues como digo, no es sólo que no comprenda, sino que sé con absoluta certeza que jamás comprenderé.

¿Cómo y de qué manera se le ha ocurrido hacer un socavón en el centro de Madrid para que dure cuatro años? Esta es la única parte que entiendo y por ello he formulado la cuestión de esa manera. Quiero decir, que si haces un socavón, por lo menos que dure. Algo de tu memoria perdura siempre en los agujeros que duran. De hecho, los socavones, como los túmulos funerarios, las pirámides, las criptas, las cuevas de Altamira y las de Arco de Cuchilleros para los turistas acaban siendo respetadas y aludiendo a sus fundadores.

Es, pues, la permanencia en la memoria lo que persigue el señor ministro con la conversión de la city en hoyo. Dentro de cien o más generaciones aún se hablará del prócer socavador, un Carlos el Hechizado de nuestra época, alguien embrujado por las capas freáticas, por los subsuelos urbanos, por los espíritus empozados. Esta clase de personajes no sólo hacen historia, sino que inspiran a los cantautores -acuérdense de Ana Belén y la Puerta de Alcalá con sus vicisitudes-, cosa que da ritmo a cualquier periodo histórico. Lo que no entiendo, y lo digo de verdad, es para qué quiere el señor Cascos hacer una estación de tren en su hoyo, cuando es obvio que no la necesita para lo que pretende. Él no necesita nada en su agujero, ni la gente se lo pide. Su única obligación es hacerlo bien grande, vallarlo y dejarlo ahí para que se hable mucho de él, incluso para que se manifiesten contra él.

No lo entiendo, y lo digo. Porque si en vez de socavar sin más, te dedicas a poner cosas, creo yo que eso ya se ve de otra manera, que se ve como justificación, como si te diera vergüenza lo que haces, como si no estuvieras convencido del todo. Y eso es malo de cara a que se acuerden de ti como el taladrador furioso que llegó a ministro y que sumió a la ciudad en el caos, a los vecinos en la miseria ambiental y a los comerciantes en la penuria, porque le dio la gana. No sé, es mi opinión. A no ser que quiera hacer obra para que dure más, dada la reconocida puntualidad del gremio. Un misterio.

© 2008 Alejandro Gándara

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