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Etiquetas: Columna, ABC

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Mi vida en la cima

Alejandro Gándara

31/7/2003

He estado subiendo montañas en Suiza, y allá por la quinta o la sexta me he puesto melancólico. Era mi plan perfecto, a pesar de que había huido de Madrid con la mudanza a medias, la novela sin terminar y en completo absentismo laboral, lo que supongo me acarreará un recibimiento descortés por parte de los colegas. Además había convencido a mi novia -la que me expulsó a la pensión debido a algo que ella no puede recordar- para que me acompañase, si bien a condición de que yo me hiciera cargo de las facturas y de los preparativos, lo que me pareció una actitud generosa, teniendo en cuenta que podía haberme dejado solo y sin intercambio psíquico, el cual domina a la perfección.

Como iba diciendo, allá por la quinta o la sexta ascensión marchaba yo tan feliz, cuando de pronto me puse a pensar en por qué subía montañas. Supongo que nunca había considerado la cuestión en toda su magnitud. Me gustaba y ya está. También me gustaba que la mayor parte del género humano no habitase a partir de cierto nivel de altitud y que, si había que mantener conversación, ésta fuese entrecortada y breve a causa del resuello. Esto último me desconcertó, ya que podría darse el caso de que no me gustase subir montañas tanto como me gustaba la ausencia de trato humano. Le pregunté a mi novia si le parecía que yo tenía un problema con eso. Ella, siempre a mi lado, contestó: "No sólo con eso, y no uno".

La respuesta me pareció valiente y agradecí su sinceridad, pero lo cierto es que no me sacaba de la confusión, como le hice saber. Llegué a la quinta o la sexta cima sin el orgullo ni la virilidad que caracterizan mi estado de ánimo en ese tipo de gestas. Ya bajé deprimido y con la compañera preguntando qué pasa cada doscientos metros. Cuando llegamos abajo me metí en el bungaló y puse la televisión tedesca, pensando que eso me relajaría. El alemán no lo entiendo, pero el tedesco me sabe a gloria, porque me parece que ellos tampoco lo entienden (ni el uno ni el otro). Pero mi novia interrumpía constantemente la programación con distintos diagnósticos, lo que significa que se interesaba por mí: depresivo crónico, bipolar, esquizo y también no sé qué de último bastión del narcisismo. Ella sabe tantas cosas de mí...

Hoy se ha ido de compras a Davos y me ha invitado a quedarme en el bungaló, porque en mi situación es lo mejor para mí. Cuando la he visto irse, no sé por qué, he cogido la mochila y otra vez a la vida de cabra. Extraña, casi patológicamente, he vuelto a sentirme bien, a disfrutar, a coronar con gusto. Los ensimismamientos de apenas horas antes me daban risa. Y aquí en la cumbre, mirando el glaciar que se extiende a mis pies, me he dicho: a ver si lo que me pone melancólico es mi novia. Me ha parecido tan miserable el pensamiento que ahora no quiero bajar. Ni volver a Madrid. Me quedo con las edelweiss.

© 2008 Alejandro Gándara

Tres Tristes Tigres