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Etiquetas: Columna, ABC

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Verano y planes perfectos

Alejandro Gándara

29/7/2003

Para este verano tenía un plan perfecto. Lo que pasa es que este plan perfecto sólo podía llevarse a cabo con la condición de dejar arregladas unas cuantas cosas cuya enjundia, vista desde lejos, no parecía letal. Vista desde lejos (y, por lo que sé ahora, desde muy lejos). Se trataba de las siguientes nimiedades: mudarme al centro de la ciudad y acabar de escribir una novela a la que restaban veinte páginas a lo sumo.

La mudanza fue, según mi experiencia, intachable, dado que en ningún momento esperé que se consumara sin las habituales catástrofes. Una vez sucedidas las catástrofes me dispuse a acometer las veinte páginas, por lo demás altamente diseñadas y anotadas en mi cerebro. Había pequeños inconvenientes, aunque superables. Uno de ellos consistía en que tenía que solicitar la tarjeta de residente para el vehículo o bien bajar cada dos horas a la calle a cambiar el ticket, a razón de un euro y medio. Como me parecía un poco majareta estar pendiente de semejante operación de lunes a sábado, de nueve de la mañana a dos de la tarde, y de lunes a viernes, de dos a ocho de la tarde, comencé los trámites para obtener la mencionada tarjeta. Sólo había que empadronarse, conseguir un certificado del banco y acudir a la ventanilla asignada, lo que no parecía inabordable. Desgraciadamente, por el camino me enteré de que el residente no era yo, sino mi vehículo, y que para la junta municipal esa máquina era la verdadera depositaria de los derechos ciudadanos. Con ganas me quedé de decirle al coche que se pusiera él a la cola y con más ganas cuando se me comunicó que todo aquello significaba cambiar la dirección del permiso de circulación y cambiar la dirección en mi carnet de conducir. Eso significaba entregar un par de cientos de horas en la Jefatura Central de Tráfico, cuyo poder de atracción me había pasado desapercibido hasta entonces: es como hacerse sitio en un kebab de La Meca un día de peregrinación.

Racionalmente, desistí del empeño hasta septiembre, mes en el que espero no tener nada que hacer en el trabajo durante un par de cientos de horas. Bien, bajar cada dos horas a la calle con puntualidad de reloj no es tan desmoralizador ni agotador como pudiera parecer a simple vista. Sólo es un poco desmoralizador y agotador, si sabes de antemano que no puedes ir a ningún sitio que se demore más de dos horas, a no ser allá por la madrugada y a condición de que no olvides que hay que levantarse temprano para cambiar el ticket.

Lo malo fue que en esos días me robaron un limpiaparabrisas, me abollaron una aleta y finalmente me rompieron una luna del vehículo. Intenté escribir en los garajes o inmediaciones, pero no pude. Adiós novela y adiós paz de espíritu. Me he ido al plan perfecto en plena neurosis, lo que no creo que sea bueno para el plan. Y es que la vida y los planes perfectos no tienen nada que ver. Ni lo tendrán nunca.

 

© 2008 Alejandro Gándara

Tres Tristes Tigres