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Etiquetas: Columna, ABC

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Moisés y la telebasura

Alejandro Gándara

21/7/2003

Por lo visto al señor que presenta Crónicas marcianas no le parece bien, es más, le parece "hipócrita" que un grupo mediático (no sé si se dice así) que invierte en su programa y se beneficia de él cometa al mismo tiempo la villanía de criticarlo. Si esto lo hiciese una persona física es probable que dijéramos que tiene doble personalidad, lo cual es digno de compasión y terapia, no de valoración moral. Pero al suceder con lo que supongo será un grupo con personalidad jurídica -que a diferencia de las otras tienen más de un cuerpo y de una mente- que se dedica a la información, lo que el presentador citado sugiere lisa y llanamente es la guillotina para la libertad de expresión. Los periodistas que trabajen para un grupo de comunicación habrán de tener en cuenta los intereses, inversiones y balances del consorcio antes de echarse a informar, a opinar y, supongo que en un futuro cercano, a respirar. Si se diera la circunstancia de que el mundo fuera monopolizado por una sola empresa, la postura de este presentador es que deberíamos decir lo que nos manden los gerentes y si es posible al unísono.

Una de las críticas habituales a los conglomerados de la información trata de la interferencia sistemática entre la política económica y comercial, entre otras, y la política editorial. Bien, este señor lo tiene claro: los grandes grupos han de ser homogéneos en sus manifestaciones, expresar una voluntad única y supeditar la información a las estrategias financieras. Si no lo hacen, son "hipócritas" y deben donar el dinero de los beneficios a una ONG. Supongo que su aversión a la hipocresía es manifiestamente superior a su aversión a la censura y a la manipulación informativa. Conste que es comprensible: la hipocresía es de mal gusto, mientras la censura y la manipulación se hacen porque se tiene el poder para hacerlo, y el poder no se discute,  además del buen gusto que evidencia. Dado que en su programa el accionista mayoritario es una empresa de Berlusconi, quien no parece especialmente afecto a que los medios de su propiedad vayan cada uno por su lado, la diatriba del presentador resulta enteramente coherente.

Lo que ya no es coherente es que un señor que se dedica a investigar felaciones y enredos entre personajes de la más discutible sustancia, eche sermones sobre la moralidad ajena y ponga el grito en el cielo como una virgen violentada. (Si chilla, que por lo menos no chille como si le robaran la inocencia). Hace unos meses me encontré casualmente en la pantalla con otro de sus sermones, esta vez contra la guerra. Me pregunto de dónde, él y tantos como él, sacan la fuerza moral para largar con tanta frescura una homilía. Quizá no sea fuerza moral, quizá es que no entiende lo que hace. O que piensa que la audiencia es el pueblo de Israel siguiendo a Moisés por el desierto. Él es Moisés, claro.

© 2008 Alejandro Gándara

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