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Etiquetas: Columna, ABC

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El político y su vocación

Alejandro Gándara

30/6/2003

La vocación de político nunca me la he podido explicar muy bien. Conste que soy capaz de explicarme hasta la de cartero, sobre todo a partir de la película de Kevin Costner. Pero la de político es una vocación rara, muy honda seguramente y por eso tan poco transparente. De todos modos, no voy a ser yo quien le quite mérito, ni quien la prejuzgue: yo sólo digo que no me la explico muy bien.

Supongo que no se trata sólo del poder, de controlar presupuestos y organizaciones, de salir a menudo por la tele. Puede que en el alma del político profesional se escuche también un latido idealista, un deseo de cambiar lo que está mal y en los casos agudos se presente una disposición redentora y célibe, en el sentido de misión unívoca que cumplir en este mundo. Sigo suponiendo que en ese alma se da una pelea diaria entre el gestor de fondos públicos y el misionero convencido, a pesar de que la realidad muestra más bien perfiles laterales: la avidez de poder en unos, y las visiones ecuménicas en otros. Tamayo en un extremo y Julio Anguita en el otro.

También podría suceder que ni esto ni aquello, que fuera otra cosa. Si uno mira la agenda de uno de estos profesionales -no digamos si mira la cuenta del móvil- percibe enseguida que su vida cotidiana se parece demasiado al sueño de un adolescente desquiciado: reuniones a todas horas con colegas, comidas y cenas para conocer gente nueva, llamadas continuas a todo el que quiera ponerse al aparato, cotilleos, chismes, rumores, para terminar con apariciones estelares en parlamentos y platós en las que se pone al mundo por testigo. Yo ya tengo algún hijo así, y me preocupa. Si fuera esto, que tampoco lo será, tendríamos un problema, ya que el adolescente desquiciado es incapaz de reconocer la existencia de los otros a no ser como decorado, y desde luego el mundo no pasa de ser un deseable e inmenso escaparate (a consecuencia de que él no se ve en ningún lado).

A lo mejor es todo mucho más sencillo. De pequeños, todos hemos sufrido en la pandilla a uno o a una que quería ser el jefe todo el tiempo y que no se dedicaba a otra cosa. A unos les gustaba el fútbol y a otros les gustaba coleccionar piedras o mariposas, pero a él o a ella no les gustaba nada de lo que había en el planeta. Esta gente, que en un primer golpe de vista parecía idiota, terminaba por convencerte y de buen grado le otorgabas la primacía en lo que ellos quisieran. Más tarde, descubrías que lo que no querían era volver a casa y que sus deseos de poder encubrían el deseo de que te quedaras con ellos, aunque fuese por la fuerza. No sé si esto sería falta de amor o dificultades con el domicilio. ¿Eran los políticos del futuro?

En fin, ni idea. Lo único que diré es que hay tantos, que más vale cogerles cariño y confiar en que no te denuncien. Últimamente están de lo más picapleitos.

© 2008 Alejandro Gándara

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