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Etiquetas: Columna, ABC

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A lo mejor es un virus

Alejandro Gándara

23/6/2003

No creo yo que alcance el rango de hipótesis científica, pero me ha dado por pensar que las civilizaciones caen cuando se pierde el respeto. No me refiero al respeto abstracto a valores y principios, sino el respeto al que está al lado, o sea, al que está ahí y que, a pesar de nuestros deseos, no forma parte de un decorado para hacernos más agradable la vida. De modo que el imperio ateniense empezó a derrumbarse cuando los políticos de medio pelo encarcelaron a Sócrates (que bebió la cicuta ante la perspectiva de tener que seguir escuchándoles), el romano cuando a Nerón le dio por recitar sus poemas y Occidente caerá hoy o mañana a más tardar, a consecuencia del narcisismo que nos invade, de la egolatría tonta de cada uno individualmente considerado, de la cantidad de gente que piensa que es única en el universo, de tanto artista, tanto héroe y tanto prócer como produce la máquina salchichera de la fama y de la distinción social.

Hace un par de semanas fui invitado a una mesa redonda sobre no sé qué y a la que concurrían dos padres de las letras y las artes españolas. Mesa redonda, comida y cena fueron deglutidas por los correspondientes monólogos de estos dos señores que dieron por supuesto que sus batallas durante la República, sus relaciones con personalidades, la causa y objeto de su obra, su último viaje, el método idóneo para educar a los niños y su vigente actividad sexual debían ocupar cada uno de los minutos del día. El resto de participantes no conseguimos abrir la boca en la penosa jornada. Ya en la despedida, uno se me acercó y me preguntó a qué me dedicaba. Se me ocurrió decirle: "En la actualidad, a escucharle a usted". Un poco picado, repuso: "¿Y por eso le pagan?". A lo que no pude reprimir: "En concepto de indemnización".

Un joven novelista me envía su segunda novela, porque necesita mi opinión sin la cual nada tiene sentido. Llama cada día para saber si ya la he leído. No me refiero a cada día después de un mes, sino a cada día a partir de la entrega. Por fin le envío mi respuesta. Tres folios detallados con las pegas más suaves que pude imaginar. Desde entonces no he vuelto a saber nada de él, hace de eso dos meses. En cambio, yo le busco por antros y garitos para partirle la cara.

Voy con dos amigos, que no se conocían entre ellos, a ver el Real Madrid - Athletic de Bilbao. El del Bilbao se queja de que los partidos los arbitra el Madrid. El del Madrid contraataca a partir de un supuesto penalty en contra de su equipo. La cosa se lía y salen a relucir las cualidades abstractas de los vascos y los mangoneos inmobiliarios de los madrileños. Me amargan el partido y luego cada uno se marcha por su lado sin despedirse. Llaman por teléfono para acusarme de traición a la amistad profesada y poner en cuestión mi sistema de selección de amigos. Según va mi predilección por los seres humanos, temo acabar como el abuelo de Heidi. Ojalá sea un virus.

© 2008 Alejandro Gándara

Tres Tristes Tigres