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Etiquetas: Columna, ABC

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La realidad de los tontos

Alejandro Gándara

09/6/2003

Mi profesor de filosofía en el bachillerato intentó inculcarnos dos evidencias, en su propia opinión: la primera, que la realidad no es mostrenca, es decir, que podemos actuar sobre ella y cambiarla; la segunda, que si uno trata de parecer listo siempre parece tonto. Felizmente para él, murió hace veinte años y se libró de contemplar cómo sus evidencias serían todo lo evidentes que él quisiera, pero no de este mundo.

Hace unos días un tribunal académico, en la presentación de una tesina, linchó intelectualmente a un alumno de veintidós años por "exceso de imaginación". Por lo visto, en el texto había ideas de la cosecha del ponente que el tribunal no había leído antes. La cosa acabó en un suspenso, que como sabemos es un suceso inaudito en este tipo de convocatorias. Para colmo, dicho tribunal tenía la potestad de considerar la tesina inadecuada o insuficiente y evitar que el autor la defendiera en público, pero consideró más oportuno el linchamiento y escarmentar de esa manera ansias futuras de originalidad en el rebaño que apacientan, que es como ellos conciben la universidad y el conocimiento. Los miembros de este tribunal refutan las evidencias de mi maestro: son los portaestandartes de una realidad mostrenca, inabordable y desmoralizadora, como es esa universidad rijosa y endogámica que en pequeña o gran escala sigue infectando una parte de las instituciones académicas; y son tontos, porque ese no haberlo leído antes da a entender que lo han leído todo, por un lado, y que lo que a ellos no se les ocurre no se le puede ocurrir a nadie. Todavía queda gente que cree que una cátedra es una vacuna indeleble contra la idiotez.

En la catástrofe ferroviaria de Chinchilla mi maestro volvió a fallar. El Ministerio de Fomento hizo un diagnóstico sobre las causas cuyo parecido con la realidad sólo podía ser casual o malintencionado. Desde luego, todos podemos equivocarnos y el señor Álvarez Cascos más que ninguno. Pero me pregunto de dónde sacaron la entereza para echar encima de un modesto jefe de estación la responsabilidad de una masacre apenas veinticuatro horas después del accidente. Sólo pudo deberse a dos cosas. Primera: que ellos creen que son la realidad y que lo que sale por su boca la construye. Pero, sobre todo, que una vez ha salido de su boca es tan sólida e inatacable como una cordillera. Es decir, ellos creen que son la realidad, porque piensan que la realidad es intocable. Segunda: que viven angustiados por demostrar que lo saben todo, incluso lo que nadie les ha preguntado. Es el famoso No habrá marea negra, perenne en la memoria.

Bien, si resulta que estamos viviendo en un mundo donde hay individuos que creen que la realidad tiene la fisonomía de un muro y que puedes llegar a ser inteligente pareciéndolo (o lo que es peor, porque tienes poder para parecerlo), habrá que empezar a pensar en apearse en marcha. O en apearles, para que vean lo equivocados que estaban.

 

© 2008 Alejandro Gándara

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