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Cultura por derecha y por izquierda

Alejandro Gándara

02/6/2003

En el transcurso de esta guerra en Irak, que nadie sabe si ha acabado o no (dado que últimamente las guerras empiezan a cinco columnas y luego se evaporan en las páginas de sucesos o se evaporan del todo), creo que se ha producido una radiografía de la cultura de la izquierda y de la derecha tan previsible que ha resultado sorprendente. Por un lado, la derecha ha guardado un silencio salpicado de algunas posturas personales y de un grupo más o menos nutrido de lealtades de talante más bien corporativo, pero silencio al fin y al cabo en lo que se refiere a las preguntas y a las estrategias profundas que suscitaba el conflicto. De hecho, la única imagen que se recordará en la defensa de esa posición es la de Aznar y será difícil encontrar un paladín de la misma entereza en el ámbito cultural o intelectual. La impresión que daba el asunto es que en la derecha no había intelectuales ni artistas. No obstante, esta impresión se aúpa sobre los hombros de una convicción generalizada, y es la de que a la derecha no le preocupa la cultura. Lamentablemente, todo indica que es cierto. Fuera de algunas melomanías -que como dice la palabra son sólo manías- el divorcio parece ser definitivo, a pesar de que no llegara a constituirse, al menos en los últimos veinticinco años, el matrimonio correspondiente. Una figura como la de Isiah Berlin es en nuestras latitudes impensable. Si hay alguno, tengan la seguridad de que no abrirá la boca en defensa de quienes nunca le defenderán. Gallardón ya tiene trabajo, si lo quiere.

La izquierda, por su parte, actúa a través de un catecismo humanitarista -según expresión de un amigo filósofo-, buscando rabiosamente la solidaridad sobre la base de principios cuya relación con un análisis crítico de la realidad no es que sea remota, es que es un viaje interestelar. (Aunque en mi opinión este catecismo procede de la mala conciencia de quienes aceptan todos los privilegios y no quieren verse violentados por la aparición sistemática de las miserias del Tercer Mundo, desveladas por una intervención directa, sea militar o del telediario). En todo caso, su forma de disentir es una llamada a filas mediante un toque sostenido de trompeta, sin que medie un discurso articulado suficiente capaz de informar y de orientar a la sociedad civil, convertida por mensajes y proclamas en una especie de público consumidor al que se convence de que una dieta de sardinas en lata es buena para el colesterol. Las consecuencias de estos procedimientos son formas nuevas de autoritarismo, puesto que lo que se rehúye es la confrontación de ideas y el debate profundo y lo único aceptable es la derrota del adversario. De ahí expresiones como "Aznar se levantará tras las elecciones con miedo y frío" (Zapatero) o "haremos una oposición salvaje" (Rosa León), y de ahí también que en este país no se pueda hablar con nadie que piense de una forma distinta, sin que el lenguaje bélico se transfunda a las manos y acabemos a tortas. Panda de retrasados.

© 2008 Alejandro Gándara

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