Libros, precios y pobres
Alejandro Gándara
25/5/2003
Creo que en el terreno del espíritu da mucho más gusto robar a un pobre que a un rico, al fin y al cabo -y siempre en este terreno- el rico es rico por algo y el pobre porque lo merece. Los espíritus ricos no son necesariamente dignos de alabanza -ya que en su gama también entran algunas patologías mentales, gracias a las cuales, no obstante, se ha desarrollado la ciencia de la psicología-, pero su categoría es indudable en comparación con la nada y el vacío de otras existencias. Al pobre de espíritu es además obligatorio quitarle algo si por casualidad llega a tenerlo, no sólo porque no lo merezca sino porque es más feliz en el estado de carencia absoluta. Por otro lado, es injusto que el pobre tenga cuando obviamente no hace nada para tener. Me parece que ese es uno de los sentidos de la famosa parábola de los talentos: al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará.
Por ejemplo, y ya que estamos en la Feria del Libro, hay gente que compra libros y gente que no. Las razones para ambos comportamientos son variopintas y al menos en general no vale la pena juzgarlas. Por sí mismo, el comprar libros no significa un mayor tesoro para el espíritu (uno de los más vendidos hasta hace unos años era el libro de recetas de Gallina Blanca), ni el no comprarlos alguna variedad de raquitismo mental (hay quien los lee en las bibliotecas o quien prefiere la cultura oral, como el PNV o la plataforma de artistas contra la guerra). Pero dentro del grupo de los que no compran libros, hay un subgrupo de pobres al que me interesaría martirizar de la forma más cruel posible, a riesgo incluso de caer en lo penal. Se trata de los individuos que dicen que los libros son caros, a la vez que gastan su dinero en la discoteca, en la moto, en la play station, en el DVD, en la cámara de mano o en faros halógenos, por no hablar de la ropa, los tatuajes, el alquiler de videos, las vacaciones en Malasia para hacer lo mismo que en Madrid o la cena en un restaurante, convertida en los últimos tiempos en la forma de timo más vanguardista y más aceptada que se conoce.
Los veinte euros de media que cuesta un libro, en un país donde la media de libros comprados por habitante es la más baja de Europa, o sea, que hablamos de un par de ellos al año como mucho, suena a bajeza moral cuando la discute un tipo que cena todas las semanas fuera de casa o que baja al trabajo en coche. Lo curioso es que estos pobres acatan el precio de las otras cosas y se sienten satisfechos -más que satisfechos, bendecidos- cuando acceden a una factura suculenta por un producto trivial. Es decir, disfrutan cuando se les maltrata, cuando les estafan o cuando se maltratan y estafan a sí mismos. De lo que se infiere que además de darte gusto cuando les robas, también se lo das a ellos, lo que no me parece bien, a no ser como perversión. Propongo que se les prohiba votar o reproducirse o salir de su barrio o cualquier otra barbaridad. A ello.